A Carlos le gusta el baloncesto.

Hace años que tanto mi madre primero como yo después, tomando su relevo, vamos, de vez en cuando, a ver a los alumnos de la Fundación Jardines de España  o simplemente como decimos nosotros “El Vivero” Es un centro de trabajo y educativo donde minusválidos psiquicos participan de actividades lectivas, lúdicas y laborales todo alrededor de un vivero muy cercano al centro de Madrid. En este centro trabaja nuestro amigo Antonio, educador, coordinador de varios grupos de chavales y de las actividades que realizan. Un trabajo tremendamente humano.

El viernes pasado conocí a Carlos, un alumno reciente, de 21 años. Su caso, me cuenta Antonio, es el de un autista que ha sido desde pequeño muy estimulado y que tiene la capacidad suficiente para relacionarse y interactuar de una manera somera eso sí con su entorno.

Me sorprende sus buenas maneras al presentarse, muy educado, con una expresión amplia y alegre. Me pregunta mi nombre también, por mi edad, de donde soy. Muy curioso en sus preguntas. Hablamos de cosas comunes, de sus gustos en la comida, que parece ser tema de conversación importante para él (como ya sabéis de mí también) Le gustan la caldereta de cordero y el conejo. Me resalta Antonio, que juega muy bien al baloncesto. Le encanta entrenar y jugar todas las semanas, en un equipo con chavales parecidos. Es alto y fibroso, quizás su hiperactividad fisica, de no parar de moverse ni un solo segundo.

Empieza la conversación interesante, me cuenta que la semana pasada ganó y que metió tres canastas. Cada vez que me pregunta algo, repite una y otra ve:

– “Perdona, ¿puedo preguntarte una cosa?”

– No Carlos, no me importa pregunta lo que quieras.

Se preocupa de volver a preguntar si no ha entendido mis respuestas “Perdona, no te he entendido, ¿me lo explicas?

Cuando hablamos si gana o pierde los partidos, me hace preguntas que me hacen reflexionar, ¿Hay que ganar todos los partidos? Yo le digo que lo interesante es divertirse y me responde ¿Pero hay que ganar o no hay que ganar? La duda le pone muy nervioso. Intento explicar que el otro equipo también intenta ganar y que por eso no siempre es fácil ganar y así los dos pueden estar contentos alguna vez.

Le digo que se rie mucho, que le veo muy contento en el Vivero. Se va despistado con más compañeros. Y empiezo a hablar con Pablo (aquel al que ya conté que le gustaba barrer) y Adolfo, el sindrome de Down figura del futbolín.

Vuelve Carlos y me pregunta ¿Ángel, puedo hacerte otra pregunta? Carlos. ¿Soy feliz? Claro Carlos: ¿A ti te gusta el vivero? Sí ¿Antonio te trata bien? ¿Juegas al baloncesto todas las semanas? . ¡Entonces soy feliz!

Y el final de la conversación, cuando me voy me pregunta: ¿Cuándo vuelves? Otro día ¿El lunes? No lo sé. Otro día Carlos. ¿El viernes que viene?

Me voy entre preguntas y en la conciencia una ¿Soy feliz Ángel?

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