El asilo de Montellano

En un edificio de estilo muy andaluz residen en Montellano unos 30 ancianos que ya no pueden valerse por ellos mismos, por el deterioro de los años, tanto físico como mental.

El recinto, anteriormente gestionado por una orden de monjas tiene un patio con un jardín y una fuente en el centro, que me hace recordar a épocas andalusíes. Las galerías de cristales que rodean la fuente y el tejado de material antiguo, la simetría, la templanza de la arquitectura hacen del lugar tener un equilibrio que genera tranquilidad.

Saludamos primero a las cuidadoras, que nos hacen pasar al salón donde, a media tarde, pasan un rato los residentes. Algunos viendo la televisión y otros sencillamente sentados esperando que pase el tiempo. 

El primero con el que hablo dice alegrarse de verme. Es un señor de unos setenta y cinco años. Pregunta que quien le llevará hoy en la ambulancia, confundiéndome con alguien que conoce.  Me presenta a su mujer. Con mucha preocupación me cuenta que está resfriada. Ella parece no atender a la conversación. Me cuentan que él tiene Alzheimer y que ella sufrió un derrame cerebral que le dejó medio lado del cuerpo paralizado. En muy pocos años han pasado de ser una pareja que compartía un hogar, a ser ambos dependientes.

Siento cierta angustia al pensarlo, lo único que me reconforta, es cuando me explican que la única preocupación del hombre es que su mujer esté bien. Y eso es porque aunque olvidemos quienes somos, el cariño que sentimos por alguien lo llevamos dentro, más aún que los recuerdos.

Otra señora, en silla de ruedas, se queja del ruido continuo y los repetidos gritos que hay en el asilo. Me paro a escuchar y es un nivel sonoro alto, con gritos y ciertas quejas, risas, el ruido de la televisión, etc. Entiendo el malestar de esta mujer. Como diría mi abuela, tiene que tener la cabeza “aturrullá.

Cuando seguimos saludando, llegamos a otra mujer con Alzheimer  y pese a que es temprano en la tarde, no pasan de las seis, insiste en querer irse a dormir. No atiende a razones, muestra un delicado estado físico y se queja de que le duele la cabeza de estar sentada.  Cuando la cuidadora le lleva la contraria explicándole que tiene primero que cenar un caldo y una tortilla y después la llevarían a descansar, pierde la calma y sigue gritando y quejándose. Realmente me impresiona, pero entiendo la posición de quien tiene que estar ahí cuidándola. Nos explica que muchas veces su trabajo llega a desesperar, pero que entienden que son ocho horas al día, que imaginemos una familia veinticuatro horas.

Nos vamos del asilo, después de una visita de media hora donde un montón de sensaciones e ideas me vienen a la cabeza.  Todos llegaremos a mayores, todos podemos hacer por cuidar a algún anciano y darles cierto cobijo de compañía. La sociedad siempre puede hacer más. Y si no podemos, al menos si deberían llegarles a las familias las ayudas a la dependencia de sus familiares. Eso es un estado de bienestar, que lo que no podamos/queramos hacer nosotros, la ciudadanía, se encargue de la manera más cercana posible el estado. Y corremos el riesgo de perderlo.

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