Con una sola mirada

La primera vez no me di ni cuenta.  Fue un reflejo, una mirada desenfocada en una sala llena de gente. Un destello, que no quitó la atención a los pensamientos que me hacían avanzar entre el grupo de personas que allí estaban.

No siempre tenemos la misma capacidad de observación, si no vemos pasar por delante de nuestros ojos a personas que conocemos, imaginaros en un mar de miradas, encontrar una nueva desconocida. El mundo dejó de ser un lugar donde poder saludar por la calle vacía al viandante que te cruzas de frente. Nos empujamos, rara vez se escucha un “perdone” o un “lo siento” algo que en Londres, quizás por flema, al menos siguen manteniendo.

Hay un momento, que algo nos llama la atención, no tenemos noción de lo que nos hace prevenir el riesgo, o la oportunidad, ese sexto sentido que nos despierta cuando no hemos puesto el despertador, que nos hace mirar el retrovisor en el último momento, y ver por el rabillo del ojo ese coche que nos quiere adelantar.

Y entonces percibí esa sensación única, estaba allí, no podía creer que hubiera sucedido que aun estando en el mismo lugar, no me hubiera percatado de su presencia. Me desbordó la belleza desde el primer momento. ¿Qué significa esa primera pulsión? ¿La falta del aire que sufrimos? Esa sorpresa, es por la novedad, algo absolutamente nuevo que se nos presenta delante y no hemos sido capaces de observar previamente.

A la belleza no tenemos respuesta, la tenemos para la atracción física y para la sexual, sabemos cómo someterlas, pero ante la belleza, así como con el arte, solo podemos quedarnos callados y contemplar, y asombrarnos ante la inutilidad de un mundo feo, que en algunos momentos nos ofrece excepciones inexplicables.

A la belleza, como al dolor, solo podemos acostumbrarnos con el tiempo. Después de observarla calmadamente, de buscar lo que la diferencia de lo mundano y de lo poco sutil, la belleza merece una atención diferente. Los fotógrafos intentamos captarla allá donde se nos presenta, soléis asegurar que tenemos fotos “bonitas”, pero no sabéis la frustración entre la observación directa de lo bello y nuestra triste impresión fotográfica.

Han pasado los años, hay personas que cada vez que las ves vuelve esa sensación a la que no te acostumbras. Rara vez puede uno acostumbrarse a una primera mirada constante, a un brillo en una sonrisa, aunque las tengamos delante a diario.

Y por eso la vida no es rutinaria, porque a la belleza, no nos acostumbramos.

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