Nunca es suficiente.

Reconozco que confío demasiado en el poder del Estado para cambiar las cosas. Siempre he creído que desde lo público es la única herramienta posible para que los ciudadanos consigamos los retos que pensamos que por nosotros mismos no son posibles.

No dudo de la iniciativa ciudadana, obviamente es la base de la movilización social, pero cuando queramos resultados profundos y sostenidos en el tiempo solo los recursos compartidos de lo público serán capaces de enfrentarnos a dichos retos. Tampoco desconfío de la posibilidad de que sectores privados ayuden técnicamente o económicamente, pero sí desconfío de su arbitrariedad de los mismos para implicarse.

Y lo reconozco, me desespera ver como las instituciones, ralentizan la posibilidad de empezar a contribuir en arreglar asuntos que a la vista de los sucesos no tienen un encargado para solucionarlos.  Quizás me equivoco desde mi perspectiva local, al haber llegado a una entidad que tiene responsabilidades o competencias muy acotadas (Ley Reguladora de las Bases del Régimen Local) y escasos recursos asignados para desarrollarlas (Ley de racionalización y sostenibilidad de las entidades locales) .

¿Son estas restricciones suficientes para hacernos quedarnos inmóviles ante grandes problemas sociales que están presentes en nuestro entorno? Así como no podemos creer que todo lo puede la voluntad (Gramsci y su optimismo de la voluntad) tampoco podemos caer en el pesimismo de la inteligencia.

Una de las mayores faltas del sistema, es precisamente que no haya asignados entes públicos a los problemas que se generan de manera inusual, o que tienen un trasfondo superior al de la gestión directa de una organización pública.  Y quiero hablar de dos problemas que personalmente, y también colectivamente nos generan un desasosiego que superan nuestra dignidad global como sociedad. En primer lugar la situación de desprotección de cientos de miles de refugiados de la guerra siria, en segundo lugar un problema enraizado y global como el de la violencia de género.

La lucha contra el paro, la pobreza o el cuidado de salud, por ejemplo, tienen de recursos públicos asignados en todos los programas políticos que conocemos. Son graves y generan sufrimiento y desigualdad, pero hay noción de que hay que tomar parte en su lucha. Son los diversos signos políticos los que plantean soluciones diferentes aunque tampoco me parecen suficientes viendo los resultados actuales.

Sin embargo desde la Unión Europea y la representación de los gobiernos nacionales, autonómicos y locales, todo el trabajo que se está haciendo no es suficiente para preservar la vida de los refugiados de la guerra de siria y dignificar su futuro. Tampoco estamos ganando la lucha al patriarcado, una lucha que acabe con el machismo y sus últimas consecuencias, la violencia de género.

Como escribía hace poco, la violencia contra la mujer es un terrorismo global, universal. Tenemos la obligación, todos y todas representantes públicos de hacer todo cuanto esté en nuestra mano para luchar contra esta lacra. Y todo es todo. En nuestra actividad política diaria, personal, social y de activistas, debemos plantear soluciones e implicarnos en ellas.  No es solo un problema social, ni policial, ni educativo, ni jurídico. El machismo es la mezcla perfecta de todos ellos, con un discurso en el tiempo milenario que ha reproducido un sistema (el patriarcado) capaz de reproducirse y subsistir eternamente si nadie pone el foco en desmontarlo.

La lucha pues, tiene que ser en todos los ámbitos donde incide, haciendo necesarios planes integrales que compartan objetivo. Y es un problema que aunque se manifieste globalmente, actúa en cada rincón de nuestras ciudades y más precisamente en el ámbito privado de las vidas que nos rodean.  El machismo es tan global,  que incluso fuimos inculcados del virus en nuestra educación.

Las soluciones tienen que venir de la implicación personal y pública de tod@s los actores e instituciones que compartimos vida.  Me niego a pasar la vida sin hacer nada por ello, una sociedad donde hay desigualdad y violencia es injusta, cruel contra las mujeres, no es una sociedad que pueda ser hogar común.

Con el asunto de los refugiados debemos pensar como civilización, vernos en el tiempo y el espacio y preguntarnos si de verdad, queremos una Europa como la que se está viendo, en la que llegan barcos repletos de refugiados por el sur y en el norte les quitan sus pertenencias para financiar las campañas para ayudarles. Los ciudadanos tenemos que indignarnos más y mostrarlo. Escribirlo, llevarlo a nuestras instituciones y reclamar, aunque no esté en sus manos actuar. La crisis de los refugiados es tal que deberíamos estar implicando muchos recursos públicos a la acogida de los mismos.

¿Podemos sufragarlo? En una Europa de 500 millones de habitantes, en la que el estado de bienestar sufre por las restricciones al déficit, pero es el mejor en media del resto del mundo, estoy seguro que podemos hacer más por acoger cientos de miles (quizás decenas de cientos de miles) si nos lo tomamos en serio. Además de justo, necesario, humano y ético, sería una manera eficaz de fomentar el gasto y hacer olvidar a las instituciones europeas de las restricciones del déficit.  Si el economista Paul Krugman dijo una vez que la economía mundial solo podría salvarse con planes de inversion pública tales que soportaran una lucha contra una invasión extraterrestre o la prevención de la caída de un meteorito, no hay que ir a una situación tan extrema para argumentar la necesidad del gasto público.

Si Europa se plantea dar un sentido de vida digno a tantos refugiados, empleo, servicios sociales, etc. la inversión publica tendrá que ser tal, que crezcamos como ya lo hizo EEUU en la última década, pese a la crisis. Y esta inversión garantizará que se genera otros flujos económicos que salven nuestros trabajos, pensiones, servicios públicos, etc. Además, que las sociedades que son capaces de integrar más diversidad cultural, tienden a ser más prolíficas, incluido el crecimiento económico. 

A nivel local, tan solo la unidad que genera el sentimiento de utilidad social, que genera la expresión de solidaridad, sería un vínculo entre la población y los asuntos públicos, pues sería tarea compartida. Ser solidarios siempre redunda a favor de las sociedades que lo hacen. En un mundo donde la globalización es un factor determinante (y no puede prevenirse o acotarse, porque es un factor de cambio social) los pueblos que mejor adaptados estén a sus consecuencias (malas o buenas) serán los que perduren.  Al igual que en el nivel macro económico el aumento del gasto social siempre genera mayores retornos económicos, en lo micro incluye además el factor de los beneficios sociales directos.

Por último el resultado de este proceso, además de por justicia, ética y subsistencia común, sería el de la riqueza cultural. Cuando hay integración cierta, la diversidad cultural genera un nuevo paradigma cultural. ¿Dejaremos que el miedo nos niegue la posibilidad de ser solidarios? 

 

 

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: